martes, 15 de mayo de 2012

Cazando dinosaurios II: Antártida Argentina (y el hallazgo del primer saurópodo en el continente blanco)

El Museo de La Plata (MLP), en conjunto con el Instituto Antártico Argentino, ha estado realizando expediciones en la Antártida durante más de 30 años. Sin embargo, fue durante los últimos 6 años que se ha incluido como colaboradores de los proyectos antárticos a investigadores que se dedican al estudio de los dinosaurios y que han estado yendo al continente blanco con la finalidad de buscarlos. Estos proyectos están liderados por el Dr. Marcelo Reguero, con más de 30 campañas antárticas en su haber y quien me ha maravillado con las historias de paleontólogos en el continente blanco desde que nos conocimos en el Museo de La Plata allá por 1996. Más recientemente, estuve participado como investigador colaborador de los últimos dos proyectos y tuve mi oportunidad de ir a la Antártida durante febrero del 2011. Esa experiencia de campo fue probablemente la más extraordinaria que he tenido hasta ahora (ver nota de campaña a Mongolia: Cazando dinosaurios I)

Cada vez que cuento que estuve en la Antártida buscando fósiles, son muchos los que preguntan cómo hacíamos para encontrarlos debajo del hielo y la nieve. Por eso la primer foto que quiero mostrar es la del paisaje antártico (sector más al norte) durante el verano, que queda durante unos meses descubierto de su capa de nieve, permitiendo la observación de grandes extensiones de afloramientos mesozoicos y/o terciarios 

Foto 1. Caleta Santa Marta, Isla James Ross
Debido a que la logística antártica es realizada por la Fuerza Aérea Argentina, el viaje comienza en el aeropuerto de El Palomar (Buenos Aires), a bordo de un avión Hércules, y después de haber aprobado el curso de Protección del Medio Ambiente Antártico y pasado los exámenes psico-físicos pertinentes (que son los mismos que se les hacen a los pilotos de avión tanto militares como comerciales).

Todos los asientos del Hércules estaban ocupados por personal militar de recambio y por científicos de variada índole, entre los que se encontraban microbiólogos, paleontólogos, ecólogos, geólogos y climatólogos. Si bien el rumbo final del avión era la Base Marambio, el destino de los científicos era muy variado, quedándose algunos en dicha base y el resto repartiéndose entre otras bases permanentes y los campamentos de verano de la península antártica y las islas cercanas.

La Argentina (Dirección Nacional del Antártico) cuenta con 6 bases permanentes en la Antártida (Península Antártica y otras isla. Esto es, estaciones científicas que están habitadas durante todo el año, incluyendo los 6 meses de noche que dura el invierno. Estas son las Bases Orcadas (la más antigua), Belgrano (la más alejada del continente), Marambio (que cuenta con una pista de aterrizaje para aviones de gran porte), San Martín, Esperanza (que tiene la población civil más importante en número)  y Jubany, recientemente renombrada Base Carlini en honor al Dr. Alejandro Carlini. Durante el verano, el número de bases habitadas prácticamente se duplica.

El Viaje. Volamos entonces primero hasta Rio Gallegos, donde llegamos luego de 4 hs de vuelo, y nos quedamos esperando la llamada “ventana climática” que nos permitiría abandonar el continente. Allí nos encontramos con otros científicos y personal civil, entre los que se encontraba una familia (la mamá maestra, el papá y tres hijos) que habían sido seleccionados para pasar un año entero en la Base Esperanza! La ventana climática favorable para el viaje suele producirse entonces durante las horas de la madrugada, por lo que hay que irse a dormir con el bolso preparado, listos para ser despertados y salir en cuanto se dan las condiciones climáticas, anunciadas desde la Antártida. A diferencia de lo que muchos puedan imaginarse, esta ventana climática no implica simplemente que haya buen tiempo, sino que haya por un lado poco viento y por el otro una temperatura menor a los cero grados, ya que la pista de aterrizaje en la Isla Marambio es de barro… y necesita estar congelada para que sea posible el aterrizaje! Desde ya está de más decir que los pilotos que aterrizan estos grandes aviones en una pista de aterrizaje tan corta, son excepcionales.  De esta manera, la llegada a la Base Marambio fue bien tempranito en la mañana. En esta época del año, la Antártida te recibe por supuesto, con suficiente luz a cualquier hora del día.
 Foto 2. Bajando del Hércules en la Base Marambio, Antártida Argentina. 
Desde el primer paso que das fuera del avión, la Antártida te muestra todo su esplendor: el aire gélido te da en la cara, el suelo salpicado de parches de hielo y nieve, y ahí nomas, a pocos metros de la base, la costa y el mar plagado de pequeños icebergs.

  Foto 3. Base Marambio.
La Base Marambio es grande. Tiene capacidad para 150 personas. Durante nuestra estadía en la base, pasamos la mayor parte del tiempo en el sector de los dormitorios, donde también están el hospital, el comedor y la sala de entretenimientos. En la base hay además una antena de una conocida compañía de celulares, por lo que se puede mandar mensajes y hacer llamadas como en cualquier otra parte del país, excepto cuando hay mucho viento y la antena se baja por seguridad. Por supuesto no pude evitar llamar a mi mamá y a algunos amigos repitiendo el conocido eslogan: “a que no sabés de dónde te estoy llamando?”. Todas estas comodidades, se acaban una vez que abandonamos la base para ir al campamento, que sería emplazado en la Isla James Ross.

Foto 4. Vista desde el helicóptero de la Isla James Ross (Izquierda) y la Península Antártica (en frente). 
Durante la esta CAV (Campaña Antártica - Vertebrados) 2011 tuvimos muchísima suerte con el clima y solo pasamos una noche en la Base Marambio antes de ser transportados a nuestro campamento en la Isla James Ross, distante a unos 80 km. Este último tramo del viaje se hizo en helicópteros, los cuales realizan las salidas siempre de a dos, por cuestiones de seguridad. Aquí es cuándo nos separábamos de los paleontólogos del terciario Marcelo Reguero y Claudia Tambussi (MLP), que se quedaron en Marambio, y que realizaron el importante hallazgo de una antigua ballena. Nuestro campamento sería más pequeño, consistiendo de solo 3 personas, así que solo fueron necesarios dos viajes para transportar el equipo: el primero para llevar las cajas con comida, carpas y herramientas, y el segundo con el resto de la carga y el personal. Mis compañeros de aventuras fueron mis queridos amigos, el experimentado técnico del Museo de La Plata, Juanjo Moly y el Dr. Ignacio Cerda, del Museo de la Universidad del Comahue, que como yo, también hacía su primera visita a la Antártida.

 Foto 5. Campamento desarmado en la Bahia Brandy, Isla James Ross. 
 Nunca había estado en un helicóptero antes, y ese viaje de 40 minutos fue más divertido de lo que me había imaginado. Se vuela alto, pero no tanto como para no distinguir las focas que toman sol sobre los hielos flotantes. El agua del mar es de un azul profundo, y la vista de la península antártica y la isla desde esa altura es simplemente espléndida (foto 4).  No hablamos mucho durante el viaje, debido al fuerte ruido que hacen las aspas, pero a todos nos brillaban los ojos y teníamos una sonrisa de oreja a oreja. Esta sensación cambió un poco después del aterrizaje, cuando paulatinamente empecé a caer en cuenta de la parte difícil estaba por empezar. Si bien había estado en otras oportunidades acampando en lugares inhóspitos y alejados cientos de kilómetros de la población más cercana, siempre se trató de grupos más grandes de paleontólogos. En esta oportunidad éramos solo tres, y creo que mi corazón se encogió un poco cuando los helicópteros se elevaron y se alejaron en pocos minutos, dejándome en medio del silencio y la nada, con solo dos compañeros y un montón de cajas… esa sensación de incertidumbre tardó un par de días en desaparecer, para no volver nunca más. Cada día que pasaba nos sentíamos más y más cómodos y a gusto con el trabajo en la isla, a medida que nos desconectábamos paulatinamente de la rutina del mundo exterior. Te queda sin embargo, una vocecita en la cabeza recordándote cada día que la seguridad está primero, ante todo, y que la vida de tus compañeros está tanto en tus manos como la tuya en la de ellos.
 Foto 6. Campamento argentino (paleovertebrados) en la Isla James Ross. 
Armamos el campamento cerca del lago Monolítico, en la Bahía Brady (fotos 5 y 6). Desde el helicóptero pudimos ver que a unos 1000 m se emplazaba un pequeño campamento, que después supimos pertenecía a unos geólogos ingleses. El paisaje en la isla es casi marciano. No hay mucha fauna en este lugar en particular, por lo que solo vimos un par de focas y lobos marinos, y dos tipos de aves: el escúa polar y el gaviotín antártico. Las dos especies, muy territoriales,  se enojaban mucho cuando caminábamos cerca de donde estarían sus nidos o sus pichones. Las únicas plantas que pueden llegar a verse son esporádicos parches de verde musgo y anaranjado líquen. Tristemente para mi, no puedo decir que haya visto un solo pingüino vivo durante mi estadía en la Antártida (vi aglunos fósiles), y me morí de la envidia con las fotos de los cientos de especímenes fotografiados por los biólogos que estuvieron trabajando en la Base Carlini (ex Jubany).

La vida en el campamento. Nos llevó un día y medio armar todo el campamento, que cuenta con 3 carpas personales para dormir, una carpa comedor, una carpa laboratorio y una carpa baño. En primer lugar armamos las carpas donde dormiríamos y la carpa cocina, donde conectamos la radio con la que mantendríamos contacto con la base cada noche (fotos 7 y 8). A la mañana siguiente armamos el baño y la carpa laboratorio y por la tarde hicimos nuestra primera prospección. No es como trabajar en shorts y remera con 30 o 40 grados en el desierto patagónico, a lo que estoy más acostumbrada. En la Antártida, cubierta de pies a cabeza con varias capas de ropa y pesadas botas, me sentía como un astronauta caminando por la luna. Todas las actividades desarrolladas fuera de la carpa cuestan más tiempo de lo normal. Tuve que acostumbrarme a las nuevas dimensiones y capacidades motrices de mi cuerpo, y terminé despatarrada por el suelo varias veces antes de lograr entrar en la carpa sin irme de cara porque se me enganchaban los pies en tubo de la entrada (tanto cuando entraba como cuando salía), produciendo las risotadas de mis compañeros.

 Foto 7. Interior de la carpa-comedor
Nos levantábamos temprano (bueno, algunos más que otros entre los que no me incluyo), y si el clima lo permitía, pasábamos en el campo entre 7 y 8 horas por día. La temperatura fluctúo durante la campaña de -10 ° mínima y 14° máxima, dependiendo del día. Al volver del campo, compartíamos el resto del día en la carpa-comedor, donde terminábamos nuestras notas, leíamos o mirábamos una película en la laptop antes de ir a dormir. Esta carpa tiene unos 2x2m y una altura que permite estar de pie. Hay que tener en cuenta que no es posible estar quieto afuera más de unos minutos, así que cuando no se está trabajando, o buscando agua en el arroyo, se está dentro de la carpa-comedor o de la carpa personal. Por esto, es esencial para una buena convivencia que los integrantes del equipo se lleven bien, ya que básicamente deben compartir todo el tiempo que no pasan durmiendo. Mis compañeros resultaron ser una excelente compañía, y me hicieron reír a carcajadas todos y cada uno de los días que pasamos juntos.  Allí, en nuestra pequeña casita en la nada, recibimos la vista de los vecinos geólogos que acampaban cerca a los que invitamos a tomar el té, y también varias veces a un alegre geólogo checo de la Base Mendel.

Todas las noches, a las 10pm, encendíamos la radio para dar el parte diario a la base, que consiste en decir que está todo bien y si hay necesidad de reabastecimiento o no. Después de la ronda en la que todos los equipos se comunican con la base, podíamos compartir un rato con los otros campamentos, intercambiando experiencias y hallazgos antes de ir a dormir. No hay noches estrelladas en la Antártida. Sin embargo, esa penumbra fantasmal de atardecer sin final es como una marca personal que te recuerda todo el tiempo que estás en un lugar diferente al habitual.

Las carpas personales son espaciosas, cómodas y sumamente oscuras, para permitir el sueño en un verano donde nunca se pone de todo el sol, aunque a finales de la campaña la noche ya parecía un marcado atardecer. Se fijan al suelo mediante largas estacas y por medio de 4 solapas laterales que se cubren con tierra, la cual al congelarse inmoviliza la carpa casi por completo. Y digo casi porque cuando se levantaron los primeros vientos una noche de tormenta, pensé que la carpa se iba a volar. Era tan fuerte el viento que le pregunté a Juanjo, que ya ha participado en algo así como 15 CAV, si debía preocuparme. Él me dijo que no, que era un viento normal, asique me fui tranquila a acostarme, si bien no a dormir, ya que el ruido esa noche fue ensordecedor.
 Foto 8. Noche en el campamento, después de la primera nevada. 
El trabajo de campo. Estuvimos en el campo 19 días, de los cuales perdimos solo 4 por el mal tiempo, números muy afortunados en comparación con CAV anteriores, en las que la relación numérica fue inversa. Si, escucharon bien: en otras ocasiones, los científicos tuvieron que pasar 15 días encerrados en una carpa por mal tiempo…Por ejemplo, después de la primera nevada, que fue muy pequeña, estuvimos encerrados hasta las 2 de la tarde cuando el viento nos dejó salir un rato.

Nuestro trabajo consistió principalmente en la prospección del área en la que acampamos y hacia al norte, casi llegando a la Estación Antártica Mendel, de la República Checa. Durante ese tiempo encontramos numerosos invertebrados, dientes de tiburón y vértebras de plesiosaurios. El hallazgo más importante fue el de un esqueleto parcial de un plesiosaurio semiarticulado el cual empezamos a excavar (foto 9). La parte expuesta del esqueleto en la superficie fue fácil de levantar. Sin embargo, el permafrost (que es el nivel donde se encuentra congelado el suelo) estaba a unos escasos 15 o 20 cm de profundidad y una vez que era alcanzado fue imposible seguir excavando, porque el suelo se pone duro como el acero. Cuando esto pasa, se lo deja descubierto hasta el día siguiente, cuando se puede excavar otros 20 cm. Debido a esto, fueron varios días de trabajo escalonado y finalmente una nevada más importante nos impidió volver por lo que dejamos la excavación incompleta. Este ejemplar se terminó de recuperar durante la CAV 2012 y ahora descansa en el Museo de La Plata.

Foto 9. Excavando un plesiosaurio.
Dinosaurios. El primer hallazgo de dinosaurio lo hicimos en el otro lado de la isla, en la Caleta Santa Marta, cerca de donde fuera encontrado el primer dinosaurio antártico, el anquilosaurio Antarctopelta oliveroi. Este hallazgo fue realizado por el geólogo argentino Eduardo Olivero en la década del 80. Durante muchos años nadie volvió al lugar y fue el equipo de buscadores de dinosaurios liderado por Rodolfo Coria, el que re-ubicó el sitio utilizando fotografías que fueron tomadas durante el hallazgo. Ellos no solo encontraron el lugar sino que recogieron más huesos del holotipo. Nosotros también quisimos ir a ver el lugar, más que nada por cholulos, y para sacarnos una foto en tan famoso lugar (bueno, al menos para un paleontólogo lo es). Esta vez contábamos con coordenadas y un gps, por lo que no fue difícil encontrar el sitio. Sin embargo, apenas nos arrodillamos empezamos a encontrar más fragmentos de hueso, entre ellos un hermoso diente (foto 10). Sigo asombrándome de que después de más de veinte años sigamos encontrando elementos del mismo ejemplar.

 Foto 10. Diente de Antarctopelta
La segunda evidencia de la presencia de dinosaurios vino de unos fragmentos grandes  y aislados de hueso que Nacho, que se especializa en microestructura ósea, reconoció como pertenecientes a estos reptiles continentales.

Foto 11. Fragmentos encontrados de la vértebra de dinosaurio.
El tercer hallazgo sin embargo fue el más importante de esta campaña. Se trató, como no puede ser de otra manera, de un hallazgo de último momento. Decidimos volver a prospectar en la zona de la Caleta porque habíamos tenido más suerte de ese lado de la isla, pero seguíamos sin encontrar restos de reptiles continentales. Fue Juanjo el que encontró el primer fragmentito y enseguida comenzamos a barrer el suelo buscando la mayor cantidad de fragmentos posibles. En la Antártida, a menos que los fósiles se encuentren en concreciones, lo más común es encontrar elementos muy fracturados, debido a que los cambios de temperatura por debajo y por encima de los cero grados producen un efecto de compresión-expansión del suelo que termina fracturando los fósiles contenidos en el mismo. Después de poner los fragmentos juntos, pudimos ver que se trataba de una vértebra caudal, de gran tamaño, perteneciente a un dinosaurio saurópodo, particularmente del grupo de los titanosaurios (foto 11). No podíamos ocultar nuestra alegría! (foto 12). Si bien el material no estaba muy bien preservado (Se podría decir que en Patagonia un elemento en ese estado de preservación no suele ser recolectado), y no alcanzaba para identificar ni el género o ni la especie, era su presencia en la Antártida lo que le otorgaba a este fósil su importancia. Hasta el momento, los saurópodos habían sido registrados en todos los continentes, excepto en la Antártida y este hallazgo sumaría un granito de arena para los estudios biogeográficos que intentan entender cómo fue el origen y migración de estos grandes dinosaurios herbívoros alrededor del planeta.
  Foto 12. El equipo, feliz en el lugar del hallazgo: Juanjo Moly, Ariana (Premji) Paulina Carabajal e Ignacio (Nacho) Cerda.
Esa noche no podía dormir de la excitación. Al día siguiente volveríamos e intentaríamos encontrar más restos en el lugar. Sin embargo cuando nos levantamos un manto de nieve lo cubría todo. Si no vemos el suelo, no podemos trabajar... Todavía no sabíamos que ese sería el último día, el cual lo dedicamos a caminar por esos campos de nieve donde el cielo, el mar y el suelo se confundían en un mismo color en una experiencia alucinante (foto 13).
Foto 13. Caleta Santa Marta, nevada.
Esa misma noche nos avisaron que desarmáramos el campamento porque nos vendrían a buscar. La noticia provocó más tristeza que alegría. Supongo que a pesar de todo, esos días en el campo días no fueron suficientes para agotar la euforia, ni para extrañar internet o las vicisitudes de la vida cotidiana… Como no teníamos sueño y la noche estaba serena e iluminada por una luna casi llena, comenzamos ahí mismo el desarme del campamento, dejando para la mañana las carpas personales y la cocina. A la mañana siguiente, desayunamos y terminamos de guardar el equipo. Estábamos cerrando las últimas cajas cuando escuchamos los helicópteros que venían a buscarnos, trayendo promesas de duchas calientes y colchones blandos. Lo cierto es me dolió dejar nuestro campamento, y todavía lo extrañaba cuando dejamos la base Marambio dos días después para hacer el recorrido inverso hacia El Palomar. Volvimos cansados pero muy felices por el hallazgo. Y con una nueva sensación anidando en el corazón. Hay mucho de cierto en lo que ya me habían dicho otros viajeros: La Antártida … simplemente te enamora.

Dr. Ariana Paulina Carabajal 
CONICET-Museo Carmen Funes



Bibliografía asociada:
Cerda, I.A., A.P. Carabajal, L. Salgado, R.A. Coria, M.A. Reguero, C.P. Tambussi, & J.J. Moly. 2012. The first record of a sauropod dinosaur from Antarctica. Naturwissenschaften
Coria, R.A., Tambussi, C., Moly, J.J., Santillana, S. & Reguero, M. 2007. Nuevos restos de Dinosauria del Cretácico de las islas James Ross y Marambio, Península Antárctica. VI Simposio Argentino y III Latinoamericano sobre Investigaciones Antárcticas, Dirección Nacional del Antárctico/Instituto Antárctico Argentino – 10 al 14 de Septiembre de 2007, Instituto Antárctico Argentino, Buenos Aires.
Coria, R.A., Moly J.J., Reguero, M. & Santillana, S. 2008. Nuevos restos de Ornithopoda (Dinosauria, Ornithischia) de la Fm. Santa Marta, Isla James Ross, Antártida. Ameghiniana, 45 (Supl.), 25R.
Olivero, E., Gasparini, Z., Rinaldi, C. and Scasso, R (1991), «First record of dinosaurs in Antarctica (Upper Cretaceous, James Ross Island): paleogeographical implications», en Thomson, M.R.A., Crame, J.A. and Thomson, J.W, Geological Evolution of Antarctica, Cambridge: Cambridge University Press, pp. 617-622.
Salgado, L. and Gasparini, Z. (2006). «Reappraisal of an ankylosaurian dinosaur from the Upper Cretaceous of James Ross Island (Antarctica).». Geodiversitas 28 (1):  pp. 119–135

Asociación Paleontológica Argentina